«En esta obra quise representar el instante en que el alma deja de luchar contra la corriente y aprende a fluir. El agua no simboliza el hundimiento, sino un espacio de transformación donde el silencio revela nuestra verdadera esencia. La figura femenina, envuelta por un vestido que se funde con el movimiento del océano, refleja la delicada unión entre la fragilidad y la fortaleza, mientras la luz que atraviesa el agua representa la esperanza que siempre encuentra el camino hacia nosotros. Cada pliegue, cada destello y cada corriente buscan transmitir la belleza de renacer desde la profundidad, recordándonos que, incluso en los momentos de mayor incertidumbre, existe una calma capaz de devolvernos a nosotros mismos.»